Shiloh Jolie acaba de dar su primer paso oficial en la industria musical, y lo ha hecho lejos de la órbita de Hollywood. La hija de Brad Pitt y Angelina Jolie aparece como bailarina de fondo en el nuevo videoclip de la cantante Dayoung, titulado ‘What’s a Girl to Do’. Lejos de aprovechar sus apellidos, la joven se presentó al casting bajo el seudónimo “SHI”. Logró el puesto de manera anónima tras competir con cerca de setecientos aspirantes, sin que los directores del proyecto supieran quién era realmente. Esta incursión en la exigente escena del K-Pop llega en un momento especialmente convulso para su familia. Sus padres siguen inmersos en una cruda batalla legal por el viñedo francés Château Miraval, una inmensa propiedad que adquirieron durante su matrimonio.
Los documentos judiciales recientes revelan que la expareja no logra ponerse de acuerdo ni siquiera en las fechas del juicio. El proceso está fijado inicialmente para el 1 de febrero de 2027. Angelina ha solicitado retrasarlo hasta noviembre de ese mismo año, pero el actor presiona con firmeza para evitar demoras, alegando que este prolongado litigio le ha arrebatado el “disfrute pacífico de su hogar en Francia”. El origen del conflicto se remonta a su amargo divorcio. Pitt demandó a su exmujer argumentando que vendió su parte de la bodega sin su consentimiento. Ella, por el contrario, sostiene que jamás necesitó dicha aprobación tras la ruptura definitiva de sus negociaciones privadas.
La evolución del pop y el refugio en la tradición sonora
Mientras las nuevas generaciones vinculadas a la meca del cine buscan su propia identidad en géneros contemporáneos de gran consumo, la propia estructura de la música pop siempre ha sido objeto de debate. Si miramos atrás, resulta fascinante recordar cómo ciertas bandas históricas repudiaron la aparente simplicidad del género para buscar algo mucho más profundo. Donald Fagen y Walter Becker, las mentes detrás de Steely Dan, son el claro ejemplo de esta resistencia sonora. A pesar de ser uno de los grupos más polarizantes en la historia del rock, su dominio casi obsesivo de los instrumentos en el estudio de grabación es un hecho innegable.
Durante la década de los setenta, la inmensa mayoría de los músicos de rock basaban su fe en el desembarco explosivo de The Beatles en América, los mundos psicodélicos de Pink Floyd, el descaro de The Rolling Stones o la sensualidad de The Doors. Fagen encontró su verdadera inspiración en un lugar muy distinto: el jazz. Para Steely Dan, este género no era un simple adorno estético, sino la arteria principal por la que fluía toda su creatividad. Canciones como ‘Peg’, ‘Kid Charlemagne’ o ‘Deacon Blues’ cambiaron el rumbo de la música al integrar ritmos progresivos y complejos justo cuando la crudeza del punk empezaba a arrasar a ambos lados del Atlántico. Literalmente, Fagen se estaba rebelando contra la propia rebelión del rock clásico y sus interminables solos de guitarra.
Los arquitectos de un sonido inigualable
En una sincera entrevista concedida a la revista New York en 2006, Fagen confesó que seguía escuchando los mismos cuarenta discos que tenía en su época de instituto cerca de Princeton. Argumentaba que los arreglistas de los años cincuenta y sesenta sabían realmente cómo desarrollar una pieza musical de principio a fin. Según sus propias palabras, en la mayor parte de la música pop “no pasa gran cosa, escuchas algo y simplemente se repite”. Los nombres que forjaron esa estricta educación musical son hoy auténticas leyendas. Citaba habitualmente a arreglistas de big bands como Gil Evans o la Sauter-Finegan Orchestra, pero su devoción se centraba en un selecto grupo de instrumentistas que sentaron las bases de su imperio sonoro.
Sonny Rollins es un excelente punto de partida para entender este complejo universo musical. Con una carrera que abarca siete décadas y más de sesenta discos, este saxofonista compuso estándares inmortales del siglo veinte como ‘St Thomas’, ‘Airegin’ o ‘Doxy’. A su lado brilla con fuerza Charles Mingus, considerado por muchos como el músico de músicos por excelencia. Nacido en 1922 y con tres décadas de trayectoria a sus espaldas antes de fallecer en 1979, el talento de Mingus superaba con creces su virtuosismo al contrabajo y al piano. Fue un auténtico pionero de la improvisación colectiva, llegando a colaborar con gigantes de la talla de Duke Ellington, Louis Armstrong y Dizzy Gillespie.
Quizás la figura más mediática de esa selecta lista de influencias sea Miles Davis. Este trompetista no solo es venerado en el estricto ámbito del jazz, sino que los grandes del rock han aplaudido siempre su incansable afán por romper moldes y su conexión con el espíritu libre de los años sesenta. Tras dejar la prestigiosa escuela Julliard para tocar junto a Charlie Parker, Davis demostró un enfoque vanguardista que cristalizó en ‘Birth of Cool’, considerado uno de los mejores discos de la historia. Tampoco se puede obviar el impacto de Thelonious Monk. Este pianista, nacido en 1917 y creador de temas emblemáticos como ‘Round Midnight’, ‘In Walked Bud’ y ‘Blue Monk’, destilaba un carisma arrollador que lo conectaba profundamente con su público. A diferencia de otros puristas del género, Monk no se tomaba a sí mismo demasiado en serio; actuaba ataviado con sombreros, gafas de sol y trajes impecables, deteniendo a menudo sus propios conciertos para marcarse un pequeño baile en pleno escenario.